Como no
hacía mucho viento, el mar estaba muy quieto. El sol empezaba
a ponerse muy rojo, de ese color que adquiere al atardecer, antes de
ocultarse y dejar paso a las estrellas.
Antes de que se hiciera de noche, el tío Manuel nos llevó
a dar un paseo en su barca. Yo nunca voy porque me mareo aunque las
olas sean muy pequeñas, pero esa tarde no se movía ni
una hoja.
El tío Manuel no se alejó mucho del puerto: estuvo remando
unos quince minutos. Cuando dejó de remar, se acercaban algunas
gaviotas.
-¿Qué distancia nos hemos alejado?- preguntó mi
prima Noemí
-¡Pues quince minutos!- contestó su hermano Nicolás.
Desde que le compraron el reloj en su cumpleaños, Nicolás
siempre está midiendo el tiempo que pasa. Pero a Noemí
no le gustó esa respuesta.
-He preguntado cuánta distancia hemos recorrido, no cuánto
tiempo ha pasado.
La verdad es que llevaba toda la razón. Miré hacia el
puerto, donde ya se habían encendido algunas luces. Calculé
para mis adentros, y contesté:
-Yo creo que nos hemos alejado unos 600 metros.
-¿Tanto...?- Noemí miró al tío Manuel buscando
una respuesta, pues de él se fiaba mucho.
El tío, después de echarnos una mirada sonriente a los
tres, acabó diciendo:
-Nosotros medimos la distancia de otra forma... Nos hemos alejado poco,
media milla aproximadamente. De todas formas, creo que es lo mismo que
ha dicho Soledad, sólo que ella lo ha expresado en metros y nosotros
en millas.
-Nicolás ha dicho que hemos tardado quince minutos -seguía
diciendo el tío Manuel- pero también podía haber
dicho un cuarto de hora.
Noemí se quedó pensando. ¡La distancia podía
medirse en metros y en millas, pero no en minutos! Claro -seguía
pensando- tampoco puedo ir a la tienda y pedir tres minutos de tomates,
ni cinco metros de tomates, ni siquiera tres millas de tomates...